sábado 25 de octubre de 2008

El Arte-Virus (roberto broig)

UNO

El proyecto que desarrollé (que bien me dio algunos momentos felices) estaba consumiendo mis nervios (energía emocional) y, cada vez, volviendo más desgraciado. Ya era hora de poner en marcha mi proyecto integral de arte, sin importar sus consecuencias, aunque su fracaso significara renunciar en definitiva a mi genio. Ya estaba hastiado del arte en general, y también estaba harto de mí y de estar solo, resignado por no encontrar personas de mi nivel. Por eso decidí contestar el anuncio del periódico, haciéndome pasar por compositor y vocalista.

Estos muchachos que publicaron el aviso pretendieron hacerme una audición, pero como no contaban con un lugar de ensayo, les invité a mi casa. Mi intención al invitarlos era no hacer aquel examen. La sala de mi casa era un verdadero laboratorio; con instrumentos musicales, computadora, una enorme cantidad de discos, libros, materiales para pintar, una habitación aislada y también había decorado las paredes con collages. Creo que lo suficiente como para distraerles y no cantar. Yo sabía mucho de música, me interesaban las diferentes tendencias de la vanguardia, tenía nociones de composición musical (hasta creo que mi ciencia de la composición es notable), pero no cantaba ni pretendía ser cantante. Y quizás los estaba estafando, sin embargo, estaba seguro de que no les hacía perder el tiempo. Desde que nos encontramos en aquel centro comercial y se presentaron ante mí en orden (primera guitarra, segunda guitarra, bajo, batería y teclados, cada uno con menos talento que el anterior) supe que eran una banda destinada al fracaso. Con todos los estereotipos de banda de rock (baterista adicto incluido) les encontré tantos lugares comunes que por poco les canto sus verdades... Pero mantuve el control de mi conducta pues no podía cometer un error.

Viajábamos “Iván & Co.” Y yo en un microbús. Iván y yo, sentados juntos conversábamos sobre música. El resto de muchachos estaba en el fondo haciendo escándalo. En realidad sólo Iván hablaba y me agobiaba con nombres de bandas como “El Sueño Light” o “Fireworks Guitar” o ese niño prodigio de doce años cerebro de “Gumbubble Lollipop”. Lo curioso, lo sorprendente, es que también conocía a Joy División.

-¿ Y Joy División?-.

-Sí, la voz de Ian es como un eco angustioso que nos llega del más allá-. Lo dijo como propio, pero ya conocía esa frase de un crítico.

-Así es-, afirmé... Miré por la ventana del microbús y sonreí.


DOS

Llegamos a casa. Había dejado el amplificador encendido. En el amplificador sonaba la “música-virus”. A mí no me afectaba obviamente, pero siempre que la escuchaba sentía ganas de corregir algo y ahora tenía asuntos importantes que atender. Les dije “acomódense”. Fui a la cocina y preparé una bandeja con bocadillos y bebidas con cafeína para aumentar la concentración y el estado de euforia de los muchachos. Yo también bebí café para preparar mi Yo-Receptor. Les pedí que por favor leyeran textos que había escrito. Eran “Relatos-Virus”. En la televisión puse “play” a una película experimental basada en el absurdo donde se tele-transportaba al protagonista desde una habitación vacía a diversos escenarios (a un campo; a un puerto; a una montaña; al centro de una ciudad; a un cementerio, etc...) hasta que el protagonista perdía la razón. Creo que la película generaba cierto estremecimiento. También rodé un corto donde un niño sentado en una silla empezaba a contar desde el uno hasta el cincuenta. Así: cincuenta y cinco, cincuenta y seis, cincuenta y siete, cincuenta y ocho, cincuenta y nueve... ¡Cincuenta y diez! Y el niño desaparecía dejando la silla donde estaba sentado, vacía frente a la cámara. Después, como vi que todos los muchachos estaban entretenidos en sus asuntos, entré con sigilo a la sala insonora-inodora-incolora que antes era un cuarto donde guardaba cachureos, fierros y una máquina de soldar. En una silla (la silla donde filmé al niño) me relajé, puse gel en los electrodos para pegarlos a mi cuerpo y amarré una venda a mis ojos. Dejé que mis pensamientos fluyeran libremente. En mi cerebro estallaban experiencias espontáneas y se sucedían secuencias de collages, fotografías, melodías musicales, pinturas, etc... Cuando la secuencia se repitió por cuarta vez, me quité la venda de los ojos y revisé la grabación para ver el comportamiento de mis ondas cerebrales. Se registraron varias gráficas.

“ [...] En los puntos de doble función del parámetro r observé (y esto no deja de tener relevancia para la meditación) que, integrando las experiencias daba positivo justo cuando r es mayor que 3 (no es del todo raro para la gente religiosa recibir profunda iluminación en esa zona crepuscular). En otro diagrama estudié el período triple cuando r = 3.835. (Que es la figura entre el despertar del sueño o en alguna hora de la noche). A la izquierda tenía la gráfica G(x) = F(x) cuando r = 3.8. A la derecha r había aumentado de 0 a 3.835, la diagonal y = x tocaba la gráfica de G(x) en seis puntos, tres estables (en azul) y tres inestables (en negro). Es el momento en que la mente consciente está abierta a recibir comunicaciones de la prolifera matriz del inconsciente”.

Antes de regresar con los muchachos pensé en el “enamoramiento”. Que no es un “pensar en Carol todo el día” sino algo inconsciente que recurre a bucles mentales e ideas-virus que van disolviendo el sistema nervioso y consumiendo los desechos. Para inteligencias selectas es una enfermedad; para los demás esta enfermedad es una bendición. Sé por experiencias de conocidos, que uno de mis relatos-virus llegaba a causar pesadillas. Escribir un relato así no es sencillo; ni siquiera para mí. Curiosamente la pesadilla es la misma para todos. Esto es porque, aparte de buen escritor, soy experto en métodos de direccionamiento y programación neurosemántica.

LA EXPERIENCIA DREAM MACHINE

Como venía sospechando, Iván sentía más admiración por Curtis que por Joy División. (Hasta creo que tenía planeado su suicidio o, por lo menos, fantaseaba con él). Confirmé esta sospecha por el artículo de la revista que hablaba sobre la vida de Curtis. Entonces me acerqué. “Iván e Ian son nombres muy parecidos” le dije, interrumpiéndole. Iván me miró, sonrió, se sintió halagado. Dijo: “Cierto, no me había percatado”. Por supuesto que no. Y por la situación juzgué que era el momento apropiado para mostrarle mi “Dream Machine”. Básicamente, la dream machine es una lámpara giratoria. La pantalla de ésta es un cilindro de cartulina con recortes rectangulares hechos de manera uniforme y apoyada sobre una base rotatoria. Una ampolla o foco cuelga dentro. Cuando la base y el foco son encendidos, la pantalla empieza a girar proyectando haces de luz y sombra con velocidades de siete a trece flashes por segundo. Julián y el bajista acercaron sus rostros con los ojos cerrados al cilindro. El bajista, cuyo nombre olvidé, Eric me parece, dijo no sentir nada y se retiró. Julián, en cambio, se mantuvo frente al cilindro pues decía ver imágenes estereoscópicas que lo rodeaban y danzaban a su alrededor.

-Es genial, me construiré uno-. Dijo, entusiasmado.

-Si quieres te lo puedo vender, tengo otros en mi habitación.

-¿Puedo verlos?- indicó con un dedo pidiendo permiso.

-Por supuesto, entra-, le dije y se fue.

Luego probaron la dream machine Iván, Oriol y el baterista. El cilindro seguía dando vueltas y haciendo el ruido track, click, track, click, track, click... Esta vez noté claramente que los flashes trabajaban sus ondas cerebrales. Pero algo extraño ocurría en el rostro de Iván, que estaba pálido y había cambiado de expresión. Entonces empezó a temblar, y luego a convulsionar hasta que por fin cayó al suelo en epilepsia. Le grité al gordo baterista que me ayudara, pero al parecer él sufría de una convulsión ausente. O tal vez ésa era su cara de estúpido cuando estaba en lo “alto”. El bajista y Roland de teclados me ayudaron a recostarlo en un sillón. Iván sangraba por la boca. Le pusimos de costado y tiré su cabeza hacia atrás para que no se mordiera la lengua. Poco a poco fue disminuyendo su pataleta y luego de unos segundos de inconsciencia abrió los ojos.

-¿Qué sucedió?- preguntó Iván un poco angustiado.

-¿No recuerdas?- intervino Roland-, tuviste un ataque epiléptico.

-Así es, - dije yo-, como el mismo Ian Curtis.

Después de la Experiencia Dream Machine era previsible que toda admiración que sintiera Iván por Ian Curtis fuera trasladada hacia mí. Sin embargo, no me di cuenta hasta poco después. No podía dejar de pensar en la epilepsia como en una especie de terremoto cerebral. Se me ocurrió que el científico que logre predecir las coordenadas de un terremoto podría, por analogía, predecir un ataque de epilepsia.

-La epilepsia es como un terremoto cerebral- empezó diciendo Iván a los segundos-. Porque no sabes cuando atacará, ni en que lugar...

Sentí alivio al saber que estábamos en la misma frecuencia. Podía intuir lo contento que estaba Iván por haberme conocido, y me hubiera gustado cuantificar exactamente sus sensaciones en aquel momento, pero el reiterado uso de mis técnicas de despersonalización, me ocasionaron graves trastornos de ansiedad. Incluso creo que tuvieron que ver con las tres crisis de pánico que había sufrido en los últimos tres meses. Me conformé con imaginar su asombro cercano al de estar mirando al mar parado al borde de un acantilado. Mentalmente lo convertí en “caballero a mi servicio” lo cual lo ponía un grado por encima de sus compañeros, pero no por méritos propios, sino por la serie de circunstancias que lo predispusieron hacia mí.

LECTURA DE TEXTO EN LA CALLE, CENTRO COMERCIAL, JUGUETERÍA, MUSEO...

Salimos a caminar “Iván & Co.” Y yo a manera de recreo y de ejercicio para ir por diversos lugares de la ciudad, de la mente, del tiempo... Yo a la cabeza y ellos detrás formando una “V” como patos migrando hacia el norte. Y nada más que sol en el atardecer, muchas nubes pero no nublado y verde húmedo en los cerros. Abotoné mi sobretodo hasta arriba y saqué una libreta de mi bolsillo para leer el último texto de hechos que había escrito en una noche de fiebre telepática (como síntomas de primoinfección por arte-virus, me he dado cuenta de que últimamente no he tenido tiempo para analizar situaciones extrañas y sorprendentes que me han estado sucediendo). Lo titulé “Entre Astronautas”. Antes de empezar a leerlo por primera vez me detuve... O nos detuvimos a pensar que, en nuestro estado actual, seríamos la banda perfecta... Por nuestra gran interconexión y por las repetitivas lecturas que hice del texto tuve muchos momentos de confusión durante la caminata. No sabía qué coordenadas del espacio y del tiempo me encontraba; pero todo fue fascinante a pesar del incidente final que le dio un toque oscuro a nuestra sesión. El texto que transmitiré a continuación está acompañado por las imágenes generadas en su primera lectura. Imágenes del paisaje e imágenes mentales que después empezarían a aglutinarse a permutar de manera tan desenfrenada como el factorial de nuestras coordenadas constantemente variables y crecientes. No fue necesario decir: “Hoy daremos un paseo”. Solo tomé las llaves, la libreta, abrí la puerta y los demás me siguieron.

ENTRE ASTRONAUTAS (transmisión en vivo)

/Aplausos mientras la mano del oso esta aquí y la muñeca surca el espacio/

/Imaginemos las cabelleras... La ambición de una niña de los años/

(en ese instante rompimos nuestra formación para dar paso a dos rubias, una mujer y una niña).

/Inauguración del primer museo, donde se premió al delirante de Biscuit, de plomo/

/Los niños corriendo, abriendo cajas del museo. Descarrilados/

(Imagen de Julián, que había visto fotografías en un museo, aparentemente, con niños alborotados).

/Por la forma de la mano, el pintor embaló en las veredas de crear su afición a los gratamente dedicados/
/Otros irán a parar a un brillante y desolado lugar. Luego de acariciadas las piernas/

/Subirán a un carricoche, allá/

(Eric señaló un cerro hacia el suroeste totalmente verde por grass sintético según su visión)

/Y los amigos de hojalata, destartalados robots, utilizados hasta que agotamos nuestro empeño/

/Dejaron ir a los soldaditos quienes, para viajar, se convirtieron en treinta y trenes y naves-do/

/Quieren escuchar historias que les cause risa/

/Quieren escuchar a los demás juguetes sin vida. Así el caballo será proyectado hasta su exterior/

(Iván en el centro comercial en la sección juguetes, cuando todo el mundo nos miraba en nuestra formación)

/Los muñecos de un finísimo cabello serán llevados y muñequeados/

/Por supuesto, con extremo cuidado/

-Bajamos la sólida escalera de notas musicales- dijo Roland.

/Infaltables los “ojobjetos”. Estos son mudos testigos de nuestra existencia/

/El pintor para el mundo/.

(Escena proveniente de Oriol... Al mismo tiempo, un pintor nos retrataba en un mural con el aspecto que tendríamos dentro de seis horas de caminata y lectura repetitiva del texto “Entre Astronautas”).

FINAL

Cerré la libreta por unos segundos y contemplé el mural que el dibujante estaba casi terminando (dando retoques finales al bosquejo general). Por lo que pude proyectar nuestras coordenadas en el tiempo. Es decir, a pesar de ser una imagen congelada, vislumbré el futuro... Y vi lo siguiente:

“Eran como las cinco de la tarde y el sol irradiaba luz de bola de cristal. Una niña partía a la carrera por detrás de nosotros y en la vereda de enfrente. Llamó nuestra atención. Volteamos al mismo tiempo. La niña trastabillaba y caía. Entonces uno de nosotros, Roland, comenzó a reír. Traté de hacerle entender con discreción (para no hacer sentir mal a la niña) que había perdido el equilibrio porque no tenía brazos. Pero el tipo ni siquiera me miró. Yo solo me quedé viendo cómo reía. Rápidamente, torpemente, neuroefectué un pensamiento apelando a retazos de pintura y melodía, para trasmitirlos telepáticamente, plip, plip, plip, plip, plip, plip... cuya secuencia le alertara su estupidez. De pronto su rostro delató que se había dado cuenta de su torpeza. No sé si por él mismo o por mi mensaje telepático. Y quizás, para reparar su situación, decidió ayudar a la niña a levantarse...

Pero solo la arrastró hasta el asfalto esperando que un automóvil le pasara por encima. Y nosotros quedamos horrorizados.

escrito por: roberto broig

2 comentarios:

bramdoro dijo...

Está bacán tu relato, veridico o ficticio, no sé, pero me gusta como escribes.

Sandro Torres dijo...

esta bueno